Es esta una historia triste, pero también ejemplar y admirable. No se conoce ni se conocerá nunca mayor lealtad que la que profesa un perro hacia su amo.
El escocés John Gray era un vigilante nocturno de Edimburgo que adoptó un perro skye terrier, al que llamó Bobby. Pronto, ambos se convirtieron en inseparables, el perro no se separaba de su amo y éste de su perro. Sin embargo, en 1858, Gray murió de tuberculosis y fue enterrado en el cementerio Greyfriars de la ciudad.
A partir de entonces Bobby no se alejó de la tumba de su amo. La gente que conocía bien al animal intentó atraerlo para sacarlo de allí, pero resultó una tarea vana, porque no era ésta la voluntad de Bobby, que lo único que deseaba era permanecer junto a su dueño.
Durante nueve años, Bobby consiguió sobrevivir a los fríos inviernos de Edimburgo gracias a la compasión de la gente, que le llevaba comida y agua para que se alimentara y le construyó un pequeño refugio cerca del cementerio. En 1867, debido al considerable aumento de perros vagabundos que merodeaban por las calles de la ciudad, el gobierno emitió un decreto en el que se establecía que todo perro que no estuviera registrado sería sacrificado. Y Bobby habría sido ejecutado de inmediato de no ser por la intervención del editor sir William Chambers —lord Provost de Edimburgo entre 1865-1869— que decidió pagar el registro del perro y hacerle un collar con una chapa con su nombre grabado en ella, y que hoy se conserva en el Museo de Edimburgo.
Bobby murió catorce años después de su dueño. Falleció por causas naturales en 1872. Tenía dieciséis años. Por aquel entonces, su increíble historia ya era muy popular en toda la ciudad. Así que sus habitantes no dudaron en homenajearle. Ese mismo año, la baronesa Angela Burdett-Coutts ordenó a William Brodie la realización de una estatua en honor del animal, que fue ubicada frente al Bobby´s bar, el local que lleva su nombre, y que se halla al sur del Puente George IV. Bobby tiene también una placa en la iglesia de Greyfriars. Lamentablemente, por ser un animal, Bobby no pudo ser enterrado junto a su dueño, razón por la que su tumba está en Greyfriars Kirkyard, lo más cerca posible de la sepultura de su amo.
Hoy en día, la popularidad de Bobby es tal que su tumba se ha convertido en un lugar de peregrinaje al que todos los años acuden numerosos visitantes.
En la lápida de Bobby puede leerse: «Que su lealtad y devoción sean un ejemplo para todos nosotros».
No cabe duda de que Bobby ha pasado a ser leyenda. Y como tal, se rumorea que la suya es una historia inventada, que nada tiene de real, y que el motivo de dicha invención no tuvo otra finalidad que la de atraer turistas a la ciudad de Edimburgo. No obstante, la prueba de su veracidad es que la noticia de la muerte de Bobby aparece publicada en el prestigioso periódico The Scotsman de Edimburgo el mismo día del fallecimiento del perro. Por lo tanto, no cabe la menor duda de que Bobby existió.
Otra historia muy conmovedora es la de Vaguito, un perro que tras morir su dueño en la mar, acude a diario a la playa y lo espera. Sin duda, no hay mayor lealtad que la de un perro hacia su amo. Es admirable.
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