El dolor de los animales

¿Siente dolor un pez cuando muerde el anzuelo? ¿Experimenta una sensación de dolor un insecto que tiene una pata aplastada? ¿Cómo podemos saber si una persona siente dolor de cabeza si no nos lo dice? Este tipo de preguntas son las que se hacen los científicos especializados en el dolor. Se trata de un asunto crucial ya que tiene repercusiones éticas en la manera en que deberíamos tratar a los animales.

Este magnífico artículo del biólogo Oriol Ribas nos habla del dolor de los animales. ¿Siente dolor una mosca, una lombriz o un pez?

La experiencia del dolor depende de un tipo de neuronas llamadas nociceptores. Estas poseen unos sensores que detectan estímulos dañinos como el calor o el frío intenso, presiones fuertes, toxinas de un veneno y otros tipos de moléculas. Dichos nociceptores —o neuronas— transmiten la información y, en consecuencia, podemos saber si estamos sufriendo un pinchazo, una quemadura, un picor intenso u otro tipo de dolor. Casi todos los animales poseen nociceptores, pero esto no significa que todos los animales sientan el dolor de la misma manera. Por ejemplo, las aves que se alimentan de semillas de pimienta no sienten el ardor que sentimos los humanos cuando nuestras papilas gustativas contactan con la pimienta. Ya que los humanos hemos desarrollado una alta sensibilidad a la capsaicina, la molécula que contiene la pimienta que desencadena dicha sensación.  

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Se considera que la nocicepción es el proceso mediante el cual detectamos el daño. En cambio, el dolor es el sufrimiento que le sigue. Por ejemplo, si nos quemamos al tocar una sartén, los nociceptores de nuestra piel provocarán el reflejo de apartar el brazo, incluso antes de que el cerebro sepa lo que está ocurriendo. En breve, las señales de los nociceptores llegarán a nuestro cerebro y se producirá la sensación de dolor. Hay un estrecho vínculo entre la nocicepción y el dolor, pero no son lo mismo. En el ejemplo, la nocicepción tendría lugar en nuestra mano, pero el dolor lo produciría nuestro cerebro. El primer proceso es sensorial y a continuación le sigue el emocional, la experiencia subjetiva del dolor. De hecho, hay personas amputadas que experimentan dolor a pesar de que no existe la nocicepción, es lo que se conoce como el famoso síndrome del miembro fantasma. El dolor es un proceso psicológico de la mente, pero el hecho de que sea una experiencia subjetiva no significa que no sea real.

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¿Si pellizco a un gusano este podría reaccionar gracias a la nocicepción, pero, en cambio, no experimentar dolor? Este es realmente el punto clave para los científicos. Estos consideran que para sentir dolor es imprescindible cierto grado de consciencia, a diferencia de la nocicepción que sí puede existir sin consciencia. Pero, cuesta creer que un gusano, que tan siquiera tiene 302 neuronas, pueda ser consciente del dolor. Y es que para que exista consciencia se requiere cierta potencia cerebral. Los humanos tenemos 86.000 millones de neuronas, los ratones 70.000 millones, los perros 2.000 millones, los pulpos tienen 500 millones, un pez 4 millones y la mosca de la fruta 100.000. ¿Son suficientes las 100.000 neuronas de la mosca para poder experimentar dolor?

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© Fotografía de Nick Windsor en Unsplash.

¿Dónde trazamos la línea que separa los animales capaces de sentir dolor —es decir, cierto grado de consciencia— de los que únicamente gozan de nocicepción? Una mosca es capaz de aprender a evitar un estímulo nociceptivo (doloroso), pero ¿significa eso que experimenta sensaciones dolorosas similares a las de los humanos? Podría ser que estuviésemos cometiendo un error al sobrevalorar su comportamiento aprendido al considerar que siente dolor. Pero también podría ocurrir que nos equivocásemos al infravalorar su sencillo sistema nervioso y considerar que este no es capaz de generar la sensación de dolor.

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Mosca común. ©Fotografía de Alexey Goral. Wikipedia.

Algunos científicos argumentan que algunos animales pueden aprender a evitar peligros sin la necesidad de la experiencia subjetiva de dolor. De hecho, hoy en día ya existen robots diseñados para aprender a evitar experiencias negativas comportándose como si sintieran dolor sin gozar de dicha experiencia subjetiva. Estos robots se parecen a la anticuada idea que tenía Descartes de los animales, el cual consideraba que éstos son como autómatas que pueden gemir pero no sentir. Como si el gemido del animal fuese equivalente al sonido de un reloj despertador. Actualmente, de lo que no hay duda es que si al dolor le quitamos la consciencia sólo queda la nocicepción, salvo que exista alguna cosa intermedia, lo cual nos resulta difícil de imaginar.

La utilidad del sistema nocioceptivo es obvia: sirve de alarma para detectar cosas que podrían matar o dañar al organismo. Pero, ¿cúal es el valor adaptativo del dolor? El dolor sirve para que los animales aprendan a evitarlo en el futuro. Es decir, podríamos considerar que la nocicepción equivale al «Márchate» y, en cambio, el dolor equivale al «No vuelvas».  Ambos son vitales —nunca mejor dicho— para la supervivencia del individuo.

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Debido a la complejidad de su sistema nervioso y su comportamiento inteligente, la Unión Europea tiene un protocolo especial para los cefalópodos, como el pulpo, para proteger su bienestar cuando se experimenta con estos animales. ©Fotografía de Luis Miguel Bugallo. Wikipedia.

Actualmente, en la comunidad científica existe cierta unanimidad respecto a la idea que los mamíferos, las aves, los reptiles, los anfibios y los peces son capaces de sentir dolor. La frontera quizá se sitúa en si los crustáceos y los insectos son capaces de ello. El deber de la ciencia consiste en esclarecer cuáles son los animales capaces de sentir dolor y, al mismo tiempo, establecer qué tipo de dolor experimentan. En cambio, el deber de la ética consiste en aplicar el principio de precaución y equivocarse por exceso, es decir, considerar que ante la duda razonable determinados animales pueden sentir dolor.

 

¿Por qué hablamos a nuestros perros como si fueran niños?

La doctora Anna Gergely, el pasado 11 de julio, durante un momento de su exposición en el Centro de Investigaciones de Ciencias Naturales, en Budapest. © Oriol Ribas.

¿Alguna vez te has sorprendido a ti mismo dirigiéndote a tu perro con la boquita de piñón y el mismo tono de voz que los adultos empleamos cuando nos dirigimos a los niños? Si es así, no te preocupes, es algo muy habitual. Es tan frecuente que incluso los científicos hace tiempo que lo están estudiando. De hecho, el primer estudio sobre ello se publicó hace más de cuarenta años.

Esta manera de hablar es muy distinta de la que usamos entre nosotros, se parece más bien a la que empleamos cuando nos dirigimos a extranjeros que no dominan nuestro idioma, a personas que tienen las capacidades mentales disminuidas o bien cuando hablamos con la persona de la que estamos enamorados. Cuando nos comunicamos con un niño en fase preverbal, o con un perro, exageramos el tono de voz, la articulación de las palabras y la expresión de las emociones. Y, también, simplificamos la sintaxis y el vocabulario. Desde el punto de vista afectivo, ese modo de comunicarse consiste en captar la atención y crear un vínculo con nuestro interlocutor. Sin embargo, desde la perspectiva congnitiva, dicho modo de actuar, facilita el aprendizaje de la lengua y proporciona indicaciones inequívocas sobre la identidad y las intenciones del hablante.

Centro de Investigaciones de Ciencias Naturales de Budapest.

La doctora Anna Gergely, del Instituto de Ciencias Cognitivas y Psicología del Centro de Investigaciones de Ciencias Naturales de Budapest, ha realizado un estudio comparativo sobre el modo que tenemos de comunicarnos con los perros, los niños y los adultos. Dicho trabajo fue presentado el pasado mes de julio en el Canine Science Forum, que se celebró en Budapest, y que a su autora le supuso ser galardonada con el Premio al Joven Investigador (Early Career Award). En dicho congreso —uno de los más importantes en el ámbito del comportamiento canino—, la doctora Gergely confirmó que, cuando nos dirigimos tanto a niños como a perros, aumentamos el tono de voz y, a la vez, este también es más variable, es decir, solemos hacer más inflexiones de voz.

Además, Gergely pone de relevancia un aspecto mucho menos estudiado, las expresiones faciales y los movimientos que hacemos durante el propio acto comunicativo. Gergely confirmó que el tipo de expresiones faciales que realizamos cuando nos comunicamos con niños o perros son muy similares, y sin embargo distintas, como cabe suponer, cuando nos comunicamos entre nosotros.

Comunicarnos con nuestro perro es una experiencia enriquecedora.

Uno de los hallazgos más interesantes del estudio es precisamente las diferencias que observó Gergely con respecto a la intensidad y la frecuencia de dichas expresiones faciales. Así como respecto al uso de la voz, la intensidad del tono es muy similar cuando nos dirigimos al perro o al niño, en las expresiones faciales estas disminuyen de intensidad y frecuencia. La hipótesis de la científica es que tanto los humanos como los cánidos empleamos diferentes señales faciales para comunicarnos.

En el caso de los humanos, por ejemplo, para expresar emociones positivas, como felicidad o sorpresa, mostramos los dientes y el blanco de los ojos. Sin embargo, para los perros estas señales pueden ser una causa de estrés, ya que suelen interpretarse con intencionalidad agresiva. Probablemente este sea el motivo por el cual cuando nos dirigimos a un perro no exageramos tanto las expresiones faciales. Otro malentendido similar entre ambas especies y que provoca que algunos niños acaben siendo mordidos es debido a que el 69% de los niños menores de 4 años interpretan que el perro está feliz y ríe cuando muestra los dientes.

«En el caso de las expresiones faciales, cuando nos dirigimos al perro, estas disminuyen de intensidad y frecuencia.»

El estudio de Gergely concluye que a los perros que están expuestos a dicha habla «perruna», o infantil, se les activan dos regiones específicas del cerebro que no se activan cuando se les habla en modo «adulto». A la vez, también pudo constatar que dichas regiones se activaban con mayor facilidad si la persona que se dirigía al perro era una mujer. Para llegar a estas conclusiones, Gergely se ha valido de técnicas no invasivas de resonancia magnética.

La boquita de piñón que a veces ponemos cuando interactuamos con nuestros perros.

Así que, a partir de ahora, cuando vuelvas a poner boquita de piñón al dirigirte a tu perro, lo que los ingleses denominan fish face (cara de pez), y le hables en un tono más elevado ya sabrás el motivo.

¿Por qué los perros tienen los ojos más oscuros que el lobo?

Los perros tienen los ojos más oscuros que el lobo. Todo tiene una explicación científica. Descúbrela en este artículo.
© Nicolás Monsalve.

Si bien es muy cierto que la mirada es un factor muy importante en el ser humano, porque puede decirnos mucho acerca de una persona, no es muy distinto en el caso de los perros. Y no solo eso: en las interacciones entre humanos y perros, el contacto visual es fundamental para iniciar y mantener la relación. Veamos a continuación qué cuenta el científico Akitsugu Konno acerca de por qué los perros tienen los ojos más oscuros que el lobo.

La mirada es un elemento clave en la comunicación visual. El científico Akitsugu Konno, en la última edición del Canine Science Forum de Lisboa, presentó un estudio sobre los ojos de los perros. ¿Por qué son más oscuros que los del lobo? Konno sostiene la tesis de que los humanos hemos favorecido el hecho que los perros tengan los ojos más oscuros que el lobo.

En primer lugar, Konno se ocupó de demostrar que los lobos tienen realmente los ojos más claros que los perros. Llegó a dicha conclusión mediante un programa de software de tratamiento de imágenes que le permitía analizar el contraste entre la luminancia de la pupila y el iris de cada animal. Para ello, Konno se basó en un análisis de fotografías faciales de 22 lobos —siempre buscando el mayor número de subespecies posibles—, y 81 perros de distintas páginas web y, de esta manera, pudo constatar que las diferencias eran estadísticamente significativas.

Según Konno, los ojos oscuros se asocian a un carácter más inmaduro y, a la vez, más amistoso. Él considera que los ojos son un rasgo neoténico, es decir, un rasgo típicamente infantil que permanece en la edad adulta. Por lo tanto, los ojos oscuros son percibidos por el ser humano como menos amenazadores, o bien más amistosos. El científico japonés considera que a lo largo de la evolución no solo se han seleccionado individuos menos agresivos, sino también individuos que envían señales que son percibidas como menos peligrosas.

Los perros y el sentimiento de culpa

Sobran las palabras.

Oriol Ribas, especialista en conducta canina, nos explica esta historia acerca de los perros y el sentimiento de culpa. Una pareja llega a casa después de una larga jornada de trabajo y, curiosamente, su cachorro no los recibe con lametazos y alegres saltos como es habitual. No está por ninguna parte, lo que les hace sospechar de que ha cometido alguna fechoría. Después de rastrear el piso lo encuentran acurrucado en un rincón y en cuanto los ve se pone boca arriba y los intenta cautivar con una serie de lametazos nerviosos. Siguen buscando por casa y finalmente se confirman las sospechas: el cachorro ha vaciado una almohada y ha pulverizado unos libros y otros objetos.

Los perros y el sentimiento de culpa por riñas y castigos mal aplicados. Oriol Ribas, especialista en conducta canina nos lo explica.
Hacer destrozos en la casa es propio de un cachorro.

El hecho de que no recibiera a sus dueños como de costumbre, junto a los destrozos, les hace pensar que el animal sabe que realmente ha actuado mal. Algunos creen incluso que el perro ha actuado de esta forma como venganza por haberlo dejado solo. Por eso más de uno se siente legitimado para regañarle. De modo que lo lleva al lugar de los hechos y lo regaña, mientras otros lo zurran al tiempo que le gritan: «¡Aquí no! ¡Eh, aquí no!». Si el perro no tiene un temperamento muy fuerte, evitará el contacto visual con el dueño. También es posible que para calmar el enfado de los humanos se ponga boca arriba o los cubra de lametazos.

Pero la pregunta es: ¿Cuántos perros que actúan así serán castigados injustamente en el futuro?

Para que el perro reaccione escondiéndose porque ha hecho una travesura solo hace falta un paso previo: que haya habido varios episodios en los que la persona haya castigado al perro al ver los destrozos, o el pipí, a su llegada. Sólo así el perro es capaz de relacionar la coincidencia de los tres factores: llegada de la persona, consecuencias de la acción (destrozos, pipí, etc.), enfado y castigo.

Los perros y el sentimiento de culpa por riñas y castigos mal aplicados. Oriol Ribas, especialista en conducta canina nos lo explica.
Hay que saber cuándo hay que reñir a un perro y por qué. Si las riñas y el castigo no se aplican bien pueden repercutir en el aprendizaje del animal. Por eso, siempre es mejor consultar con un especialista en conducta animal para no correr riesgos.

Si esto ocurre ya tenemos un perro que, si tiene un buen temperamento, se esconde, porque sabe que será castigado. Sin embargo, una cosa es que el perro asuma que será castigado y pida clemencia y otra muy distinta es que sepa el motivo por el que será castigado. Al ser humano le parece tan sencillo relacionar un hecho con el otro que muchos se resisten a creérselo. Pero para llegar a esta conclusión es necesaria una capacidad de análisis mínima y proyectarse en el tiempo. Solo los humanos gracias al lenguaje verbal podemos trasladarnos fácilmente al tiempo y al espacio. A un niño se le puede explicar, y lo entenderá si a la hora de la merienda no se le da el helado porque por la mañana ha hecho una travesura. Si utilizamos el premio a destiempo ocurre lo mismo, el perro tampoco lo relaciona, si bien los efectos no son tan negativos. Si se premia al perro al cabo de una hora de haber hecho pipí, recibirá el premio encantado, algo muy distinto es que relacione que el premio es por el pipí.

Castigar a destiempo a tu perro en lugar de mejorar las cosas las empeora.

Actuar castigando al perro a destiempo en lugar de mejorar las cosas, las empeora. La relación de confianza con el animal se resiente y, a la vez, aumenta la ansiedad. Se supone que el perro debería estar contento de la llegada de los suyos, pero como a veces los suyos se comportan de formar errática, se muestra inquieto. Los nervios, como el humo, salen por el primer agujero que encuentran. Y una posible opción para calmar los nervios sería, precisamente, roer algo.

Los perros y el sentimiento de culpa por riñas y castigos mal aplicados. Oriol Ribas, especialista en conducta canina nos lo explica.
Los castigos y las riñas deben ser constructivos, es decir, para que el animal aprenda que lo que ha hecho está mal, pero no para potenciarle el miedo.

Espero que quienes actúan mal, después de leer estas líneas sean ellos los que tengan sentimientos de culpabilidad.

Los animales sociales: el yin y el yang del perro

Los animales sociales: el yin y el yang del perro.

Algunos dueños de perros, sin demasiada mano para tratar animales, me comentan admirados que cuanto más duros se muestran con ellos, más empalagosos se vuelven. Dicen que después, no los dejan ni un instante y siempre están pendientes de ellos.

Cierto, muchas veces es así. La respuesta la tiene el primatólogo Frans De Waal. Éste considera que los individuos de las especies sociales cuidan las relaciones, y que cuanto más valiosa es la relación más ansiedad se genera cuando ésta se ve amenazada. Existe un vínculo evidente entre el saludo y la reconciliación: el primero une las partes que han sido separadas físicamente, mientras que el segundo, une las partes cuya relación colgaba de un hilo. Cuando una ruptura o separación genera una gran ansiedad, significa que era una relación valiosa. La tendencia a reconciliarse aumenta en función de la intensidad del vínculo.

Los animales sociales: el yin y el yang del perro.
El prestigioso primatólogo Frans de Waal ©Editorial Tusquets.

La habilidad de reconciliarse comienza muy pronto en los primates. Empieza con el vínculo entre la madre y la cría, sobre todo durante el destete, seguramente la primera negociación vital. Este hecho marcará un precedente en la forma de resolver los conflictos en el futuro.

Los animales sociales: el yin y el yang del perro.
La habilidad de reconciliarse de los primates nace a lo largo del periodo de dependencia de la madre.

Los primates no se reconcilian por establecer la concordia entre ellos, lo hacen por proteger algo valioso. Para constatarlo se realizó un experimento que aumentaba el valor de su relación: enseñaron a los monos a comer juntos, de forma que si uno quería comer necesitaba la colaboración del otro, y viceversa. El número de reconciliaciones se había triplicado.

En las especies sociales, como los primates o perros, cada individuo pertenece al grupo . Este hecho tiene un doble significado: forman parte y al mismo tiempo son propiedad del grupo. La jaula social es su palacio.

Los animales sociales: el yin y el yang del perro.
Los primates y los perros son animales sociales. © The Logical Indian 163.

Vivir en comunidad tiene ciertas ventajas, pero también inconvenientes. Por lo general, el grupo ofrece mayor protección frente a los enemigos y permite cazar presas más grandes. Los inconvenientes son que están rodeados de individuos con los mismos intereses de refugio, comida, sexo, etc… La agresión es una forma de resolver los conflictos de intereses que surgen entre individuos que han compartido un pasado y han de compartir un futuro. Se trata de un mecanismo espaciador, disgregador, dos fuerzas opuestas; la otra, que actúa en sentido contrario, es el apego y el sentimiento de pertenencia al grupo.

Los animales sociales: el yin y el yang del perro.
La agresión es una forma de resolver los conflictos entre los individuos.

Por lo tanto, podríamos considerar que lo que hace el perro con su amo torpe es un intento de reconciliación después de que la relación se haya visto amenazada.

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